Mi primer encuentro con Fellini, por Marcello Mastroianni

enero 30, 2009

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En 1960 Federico Fellini filma La Dolce Vita. Anita Ekberg era la actriz que iba a dar cuerpo a ese tipo de mujer emblemático. Marcello Mastroianni había sido el elegido para cubrir el protagónico masculino. Aquí relata en pocas líneas cómo fue la cita que inauguró una de las duplas históricas del mejor cine italiano.

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Tuvo lugar en la playa de Fregene, donde Federico tenía una villa, cuando me llamó para hacer La dolce vita. A pocos pasos de nosotros, bajo una sombrilla, es­taba Ennio Flaiano, por entonces su estrecho colabora­dor en la redacción de los guiones.

Naturalmente, yo estaba muy excitado. Y Fellini, con aquel aire de encantador de serpientes, aquella vocecilla que sonaba como una flauta mágica, exclamó de inmediato:

—¡Ooooh, mi querido Marcellino! (Siempre utili­zaba diminutivos, en mi opinión porque le servían tam­bién para mantenerte «calmado».) Querido Marcelli­no, me alegro mucho de verte. Tengo un proyecto para rodar una película; el productor es Dino De Laurentiis. De Laurentiis quisiera a Paul Newman para el papel de protagonista. Ahora bien, Paul Newman es un gran actor, una estrella, desde luego, pero es demasiado impor­tante. A mí me sirve una cara cdolcevita-mastroniani-anita-ekbergualquiera.

Yo no me sentí en absoluto vejado.

—Muy bien, arreglado. La cara cualquiera soy yo.

—Pues sí, porque el personaje es una especie de ma­riposón. No tiene que tener la personalidad de Paul Newman.

—Perfecto —repuse. Luego, para darme un mínimo de tono, un poco de dignidad, dije—: Siento una gran curiosidad por echar un vistazo al guión.

Quería dármelas de profesional, naturalmente.

—¡Por supuesto! —Fellini sonrió y llamó a Flaia­no—. Ennio, ¿te importaría traerle el guión a Marcel­lino?

Ennio Flaiano, con aquel aire guasón que tenía, me trajo una carpeta. La abrí. No había nada dentro. Tan sólo una de las caricaturas que Fellini dibujaba conti­nuamente: en ella había representado a un hombre que nadaba en medio del mar, con un sexo larguísimo que llegaba hasta el fondo; y alrededor del sexo, como en las películas de Esther Williams, evolucionaba un ballet de sirenas.

Yo, naturalmente, me sonrojé, no sé, me puse ama­rillo, verde, de todos los colores. Me sentí como si estu­vieran tomándome el pelo. Comprendí que pedir el guión había sido demasiado pretencioso. ¿Qué podía decir?fellini

—Me parece muy interesante, mucho. Acepto, ¿dón­de tengo que firmar?

Éste fue mi primer encuentro con Fellini.

El siguiente dibujo fue el guión que Fellini le mostró a Mastroianni en esa ocasión.

dibujo-de-fellini

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