plena-conciencia

Luego de diez años de aprendizaje, Tenno obtuvo el rango de maestro zen. Un día lluvioso, fue a visitar al famoso maestro Nan-in. Cuando entró, el maestro lo saludó con una pregunta, “¿Dejaste tus zuecos de madera y tu paraguas en la entrada?”
“Sí,” contestó Tenno.
“Dime,” continuó el maestro, “¿colocaste tu paraguas a la izquierda de tus zapatos, o a la derecha?
Tenno no supo la respuesta, y se dio cuenta que no había logrado el estado de plena conciencia. Así que se convirtió en el aprendiz de Nan-in y estudió con él por diez años más.

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Una historia tibetana cuenta sobre un estudiante de meditación que, mientras meditaba en su cuarto, creía ver una araña descender frente a él. La amenazadora criatura regresaba cada día, cada vez más grande. El estudiante estaba tan asustado que fue a su maestro a contarle su dilema. Le dijo que planeaba colocar un cuchillo sobre su falda durante la meditación, de modo que cuando la araña apareciera, la mataría. El maestro le aconsejó que no lo hiciera. En cambio, le sugirió que se llevara un trozo de tiza a la meditación y que cuando la araña apareciera, le marcara una “X” en la panza. Y que luego viniera a contar lo sucedido.
El estudiante volvió a su meditación. Cuando la araña apareció nuevamente, resistió el impulso de atacarla, en cambio, hizo exactamente lo que el maestro le había sugerido. Cuando más tarde se lo contó a su maestro, este le dijo que se levantara la camisa y mirara su propio vientre. Allí estaba la “X”.

Vivió una vez un gran guerrero. Aunque muy viejo, aún era capaz de vencer a cualquier contrincante. Su reputación se extendió ampliamente y muchos estudiantes se juntaron para aprender con él. Un día, un joven guerrero llegó al pueblo. Estaba decidido a ser el primer hombre que venciera al gran maestro. Además de su fuerza, tenía una habilidad asombrosa para encontrar y explotar cualquier debilidad en un oponente. Esperaría que su oponente hiciera el primer movimiento y cuando revelara una debilidad, entonces atacaría con despiadada fuerza y velocidad de rayo. Nadie había durado con él en un encuentro más allá de su primer movimiento. En contra de los consejos de sus preocupados estudiantes, el viejo maestro aceptó gustoso el reto del joven guerrero. Cuando ambos estaban listos para la batalla, el joven guerrero empezó a dirigirle insultos al viejo maestro. Tiró tierra y escupió en su cara. Por horas lo agredió verbalmente con todos los insultos conocidos por la humanidad. Pero el viejo guerrero simplemente su mantuvo en pie inmóvil y calmo. Finalmente el joven guerrero se agotó. Reconociendo que estaba vencido se alejó sintiéndose avergonzado. De alguna manera desilusionado de que el maestro no hubiera peleado con el insolente joven, sus alumnos lo rodearon y le preguntaron. “¿Cómo pudo soportar semejante vileza? ¿Cómo hizo para ahuyentarlo?

“Si alguien viene a tí con un regalo y no lo recibes, replicó el maestro : “¿A quién pertenece ese regalo?”